16/09/2013
Tras las decisivas batallas de Chorrillos y Miraflores en enero de 1881, la capital peruana, Lima, cayó bajo la ocupación de las tropas chilenas. Este evento marcó un punto de inflexión en la Guerra del Pacífico, pero lejos de significar el fin de las hostilidades, dio inicio a una de sus fases más cruentas y desafiantes: la Campaña de la Breña. El dictador Nicolás de Piérola, forzado a huir de Lima, se refugió en las escarpadas alturas de la sierra peruana, sentando las bases para una prolongada y brutal guerra de guerrillas que pondría a prueba la resistencia del ejército chileno y la resiliencia del pueblo peruano en un escenario completamente diferente a los campos de batalla costeros.

- La Ocupación y la Dualidad de Poder en Perú
- El Desafío Geográfico: La Breña como Fortaleza y Trampa
- La Guerra sin Cuartel: Horrores y Tácticas Asimétricas
- Las Expediciones Chilenas a la Sierra: Desafíos y Consecuencias
- El Reconocimiento Inevitable: Cáceres y el Fin de la Resistencia
- Tabla Comparativa: Desafíos y Ventajas en la Sierra
- Preguntas Frecuentes (FAQ)
La Ocupación y la Dualidad de Poder en Perú
Con Lima bajo control, los primeros jefes del gobierno de ocupación chileno, como Manuel Baquedano, Cornelio Saavedra Rodríguez y Pedro Lagos, intentaron establecer un orden. Sin embargo, fue Patricio Lynch quien asumió el cargo de jefe del gobierno de ocupación en mayo de 1881 y lo mantuvo hasta la retirada final de las fuerzas chilenas en agosto de 1884. La estrategia chilena buscaba un representante peruano que estuviera dispuesto a firmar la paz y aceptar las condiciones de la victoria. Esto llevó a la formación de un régimen peruano en Lima, dominado por los civilistas y encabezado por Francisco García Calderón Landa, en el pueblo de La Magdalena. Este gobierno, aunque en teoría soberano, operaba bajo la sombra de la ocupación chilena y en directa oposición a la dictadura pierolista que se había atrincherado en la sierra.
La existencia de estos dos regímenes peruanos paralelos, el de Piérola en la sierra y el de La Magdalena en Lima, complicó aún más el panorama. Ambos se negaron rotundamente a la cesión de Tarapacá, la rica provincia salitrera, como indemnización a Chile por los costos y pérdidas de la guerra. La situación se volvió aún más tensa cuando Estados Unidos, a través de su representante en Lima, reconoció al gobierno de La Magdalena y ofreció su apoyo verbal, declarando su oposición a cualquier cesión territorial a Chile. Esta injerencia estadounidense, que llegó a considerar un protectorado sobre Tarapacá bajo el plan de la “Société General de Credit Industriel et Commercial” para pagar deudas y asegurar la supremacía de EE. UU. en la región, envalentonó a las fuerzas peruanas de la sierra y de Bolivia (que, aunque retirada, seguía formalmente en guerra), impulsándolas a reorganizarse y a desgastar a las fuerzas de ocupación.
No obstante, la política exterior de Estados Unidos dio un giro drástico tras la muerte del presidente James A. Garfield en septiembre de 1881. Washington reconoció el derecho de Chile a una cesión territorial en el Protocolo de Viña del Mar y declaró su neutralidad, desvaneciendo las esperanzas peruanas de apoyo externo. Chile, por su parte, endureció la ocupación, buscando forzar la firma del tratado de paz. A fines de 1881, ante la continua negativa, Chile arrestó a García Calderón y lo trasladó a su territorio. Piérola, por su parte, se vio obligado a renunciar a su mandato y abandonar el Perú. El enorme sufrimiento humano, la devastación económica, las luchas internas entre facciones peruanas (pierolistas, civilistas, iglesistas), las tensiones raciales y la imposibilidad de vencer militarmente a las fuerzas chilenas, que además ostentaban el dominio indisputado del océano Pacífico, llevaron a un grupo de peruanos, liderados por Miguel Iglesias y su “Grito de Montán”, a aceptar la cesión de Tarapacá a cambio de la paz, reconociendo la futilidad de un sacrificio estéril.
El Desafío Geográfico: La Breña como Fortaleza y Trampa
La Campaña de la Breña se libró bajo condiciones radicalmente distintas a las enfrentadas en las batallas previas. Los Andes peruanos, o la "breña" como se le conocía, eran una vasta extensión de valles profundos, altas montañas, ríos torrentosos y pasos estrechos. Para el ejército invasor chileno, esta región era un territorio desconocido, insalubre y de acceso extremadamente difícil. El abastecimiento de las tropas se convirtió en una pesadilla logística. Los suministros debían ser transportados por el largo y peligroso camino desde Lima, a menudo a pie o con mulas, o bien comprados a precios exorbitantes a los lugareños, lo que resultaba en un gasto inmenso. Cuando se optaba por la requisición, la resistencia peruana se exacerbaba aún más, generando un ciclo de violencia y resentimiento.
Además, el factor información jugó un papel crucial en contra de las tropas chilenas. Mientras que las montoneras y guerrillas peruanas contaban con el apoyo y la información de la población local, que les alertaba sobre cualquier movimiento, número o incluso intención de los chilenos, estos últimos a menudo se encontraban desorientados, sin saber qué dirección seguir en la persecución de las escurridizas guerrillas. La obtención de inteligencia por parte chilena se basaba en la cooperación, la compra o la extorsión de los pobladores, además de las partidas de reconocimiento, métodos que resultaban lentos e ineficaces en un terreno tan complejo.
La infraestructura era casi inexistente. El ferrocarril desde Lima solo llegaba hasta Chicla, y la última estación del telégrafo era Casapalca, a pocos kilómetros al este de Chicla. Otras líneas férreas en Perú carecían de importancia estratégica para esta campaña, con la notable excepción de la línea Mollendo-Puno, cuya ocupación en 1883 por Chile representó una amenaza directa para Bolivia, que aún se consideraba en guerra. Las fuerzas de Andrés Avelino Cáceres, el líder de la resistencia en la sierra, operaban una guerra de guerrillas que abarcaba desde la región de Cajamarca en el norte hasta la sierra central, incluyendo áreas desde Cerro de Pasco hasta Ayacucho.
Aunque la región producía trigo, cebada y animales en zonas como Huánuco, Huancavelica y Ayacucho, también era un foco de enfermedades endémicas como la fiebre tifoidea, la viruela, el pique y las verrugas malignas, que mermaban constantemente la moral y la salud de las tropas chilenas. El historiador chileno Gonzalo Bulnes describió con precisión la dificultad de esta geografía: “El habitante de un país de llanuras no comprenderá fácilmente estas características de la guerra de montañas. En el plan por todas partes se llega a Roma. En las cordilleras americanas se llega a Roma sino por pasos determinados, donde un ejército puede ser fácilmente detenido i destruido.” Este era el escenario de una guerra de desgaste donde el terreno era, en sí mismo, un formidable enemigo.
La Guerra sin Cuartel: Horrores y Tácticas Asimétricas
La Campaña de la Breña fue sinónimo de una brutalidad inimaginable, donde las reglas convencionales de la guerra fueron a menudo ignoradas, dando lugar a un ciclo de venganzas y atrocidades. El mando chileno no consideraba a las montoneras y guerrilleros peruanos como soldados regulares protegidos por las leyes de la guerra. Se regían por el Código Lieber, un conjunto de reglas adoptadas por el ejército de los Estados Unidos durante su Guerra de Secesión (1861-1865) e incorporadas al derecho internacional de la época. Este código permitía represalias contra prisioneros de guerra, ejecuciones sumarias de espías, saboteadores, francotiradores y fuerzas guerrilleras capturadas durante sus misiones. Estas prácticas, abolidas tras las Convenciones de Ginebra de 1949, convirtieron el conflicto en una sucesión de castigos y abusos contra la población civil por ambos bandos.
Andrés Avelino Cáceres, por su parte, justificaba la venganza de los indígenas con un argumento contundente: “Declarados fuera de la ley, anatema que los excluye hasta del seno de la humanidad, no se creían obligados a reconocer en sus opresores derechos que se les negaba”. Muchos oficiales peruanos, liberados tras las batallas de Chorrillos y Miraflores bajo promesa de no volver a tomar las armas contra el gobierno de ocupación, eran sometidos a la pena capital si eran recapturados, intensificando la crueldad del conflicto.
Las fuerzas regulares peruanas de Cáceres no disponían de un contingente ni de armas suficientes para enfrentar a los expedicionarios chilenos en una guerra convencional. Esto obligó a Cáceres a enviar a la lucha a campesinos, a menudo sin armas de fuego, compensando la falta de equipamiento con un fervor patriótico y un valor extraordinarios. Cáceres mismo lo explicó: “Rodeado de tan poderosos elementos [indígenas], no me quedaba sino darles una organización conveniente y conducirlos a la pelea, sin que obstara la falta de armamento de fuego, pues sobraban el entusiasmo y [el] valor, que suelen hacer en ocasiones solemnes milagros de heroísmo”. Sin embargo, la crudeza de esta estrategia se reflejaba en el sentir de quienes los rodeaban. Antonia Moreno Leyva, esposa de Cáceres, relató un diálogo desgarrador: “«¿por qué lloras?» «Mamacita —me respondió—, porque me dan mucha pena estos pobres indios; van para que los maten como a perros, no llevan balas para defenderse». Yo le aclaré: «Dirás que los matarán como a héroes». Y lloré con ella”.

Peor aún eran los casos en que los campesinos se enfrentaban solos contra las tropas chilenas, como en Chupaca el 19 de abril de 1882. Luis Milón Duarte, testigo ocular, describió la devastación: “...Y en las primeras bajas del río se lanzaron los carabineros en los magníficos caballos chilenos y una vez que ganaron la orilla opuesta sus ingenieros improvisaron un puente de cables de alambre. A las 24 horas de la conclusión del puente, la artillería chilena comenzó el bombardeo desde la altura de la Mejorada, sus blancos preferidos fueron las iglesias de los pueblos de Pillo y las otras del bajío, sobre todo Chupaca, a cuya entrada se presentó la caballería sable en mano. El combate fue horroroso; los invasores tuvieron que emplear unos la carabina y otros el sable; un indio empuñaba el caballo, otro lanzaba al jinete; los pocos rifles resistían a toda la infantería enemiga. Los chilenos tomaron Chupaca a sangre y fuego. La matanza a los fugitivos fue cruel y los cadáveres los dejaron insepultos, por decenas y centenas, ocultando sus pérdidas los agresores. La población fue entregada al pillaje. ... En seguida, comenzó el incendio de esa población importante, que duró varios días, a la vez que los caseríos anexos”.
Las tácticas peruanas en los cerros y desfiladeros eran ingeniosas y letales. Gonzalo Bulnes describió los “pucarás”, posiciones elevadas con “pircas de piedra” desde donde disparaban y utilizaban “galgas” (peñascos listos para rodar) contra el enemigo. La táctica chilena, en respuesta, era entretenerlos con un ataque frontal y luego flanquearlos con un rodeo por los cerros, lo que invariablemente conducía a una “carnicería i la fuga”. Las fuentes primarias de la época a menudo registraban las bajas chilenas o de soldados peruanos, pero rara vez el número de campesinos muertos, simplemente referidos como “decenas” o “varios cientos”, una muestra de la deshumanización de la guerra. La respuesta de los pobladores a estas carnicerías fue una venganza atroz, pero percibida como justa por periodistas peruanos. La motivación de la rebelión campesina era compleja, entrelazando venganzas contra colaboracionistas, viejos odios de clase y casta, y actos puramente delincuenciales. El apoyo a Cáceres varió, siendo mayor en Junín y Huancavelica, regiones más integradas con la costa, que en Áncash o Huánuco, más sujetas a terratenientes. Las guerrillas obligaron al ejército chileno a dispersar sus fuerzas, volviéndolas vulnerables. Escaramuzas, persecuciones, asaltos y emboscadas fueron la norma, junto con la desinformación, la extorsión y la destrucción de infraestructura para impedir el avance enemigo.
Las Expediciones Chilenas a la Sierra: Desafíos y Consecuencias
A lo largo de la Campaña de la Breña, el ejército chileno lanzó varias expediciones hacia el interior del Perú, cada una enfrentando desafíos monumentales. La Expedición Letelier en 1881 y la Expedición Del Canto en 1882 son ejemplos de estos esfuerzos por someter la resistencia en la sierra. El coronel José Francisco Gana, cansado de la campaña y emprendida contra su voluntad, delegó el mando de la división en el coronel Estanislao del Canto Arteaga. Desde el inicio, el propio Patricio Lynch, jefe del gobierno de ocupación, se había opuesto a la Expedición Del Canto. Consideraba que la época de lluvias y nevazones en la sierra era pésima para operaciones militares y que se debía esperar hasta abril, cuando comenzaba el verano en la cordillera, para no exponer a los soldados a las inclemencias del tiempo y la falta de alojamientos adecuados. A pesar de sus objeciones y de haber regresado a Lima para comunicarlas por telégrafo al presidente Domingo Santa María, sus argumentos fueron inútiles, y Lynch se vio obligado a acatar las órdenes. La expedición continuó con sus operaciones, lo que acarreó graves consecuencias para las tropas chilenas.
De hecho, la situación del ejército chileno en la sierra era precaria. La falta de víveres, sumada a la propagación de enfermedades endémicas como la fiebre tifoidea, mermaba significativamente a las fuerzas expedicionarias, provocando una alarma creciente en el gobierno chileno. Lynch, consciente de la gravedad, recomendaba el repliegue del ejército a Lima, pero el ministro chileno en Lima, Jovino Novoa Vidal, insistía en la continuación de las operaciones, sugiriendo el traslado de las tropas a lugares más salubres. La finalidad era clara: mantener la presencia chilena en la sierra y presionar para lograr la paz. Al final, Lynch y Novoa, quienes tenían la decisión final por orden del presidente Santa María, concluyeron en mantener las operaciones en la sierra, obligando al coronel Del Canto a regresar para reunirse con sus fuerzas y cumplir con sus órdenes.
La Batalla de Huamachuco en 1883, donde Cáceres fue finalmente vencido por una fuerza chilena secundaria, marcó un punto de inflexión. Paralelamente, la ocupación del eje Mollendo-Puno y de las orillas del Titicaca al sur del Perú fue una clara señal de presión militar al gobierno boliviano para que aceptara las condiciones de paz chilenas. En diciembre de 1883, Bolivia reconoció el gobierno de Iglesias, y el congreso peruano aprobó el Tratado de Ancón el 8 de marzo de 1884. El 4 de abril de 1884, se firmó la tregua entre Chile y Bolivia, consolidando el fin de las hostilidades a gran escala.
El Reconocimiento Inevitable: Cáceres y el Fin de la Resistencia
Tras la huida de Lizardo Montero a Bolivia, este nombró a Andrés Avelino Cáceres como presidente del Perú, otorgándole legitimidad a su liderazgo en la resistencia. Cáceres, el inquebrantable líder de la Campaña de la Breña, veía el Tratado de Ancón como inaceptable y consideraba a Miguel Iglesias, quien había firmado el tratado, como el verdadero enemigo. Durante un tiempo, no hubo hostilidades directas entre las fuerzas de Cáceres y las chilenas, en una especie de tensa tregua no declarada.
Sin embargo, la repentina ocupación chilena de la localidad de Jauja a mediados de 1884, lo que parecía ser una quinta expedición a la sierra central, forzó la mano de Cáceres. El 6 de junio, Cáceres envió una carta al coronel Gutiérrez, al mando de la guarnición chilena de Jauja. Esta misiva, que funcionaba como un ultimátum, también contenía el reconocimiento del Tratado de Ancón como un hecho consumado. Cáceres expresó su profunda convicción de haber hecho “en la esfera de lo posible, todos los esfuerzos y sacrificios que me ha impuesto el Perú en defensa de su honor y de su gloria”. Lamentó que estos esfuerzos hubieran sido “estériles en sus resultados por la acción constante de los malos elementos que han conseguido reducir la república a un estado completo de impotencia para la prosecución de la guerra con Chile”.
En este contexto de “aniquilamiento i ruina” del Perú, Cáceres se vio obligado a reconocer el tratado de paz. Continuó su carta a Gutiérrez afirmando que “el deber i los intereses permanentes del Perú me han obligado a reconocer el referido Tratado de paz como un hecho consumado, quedándome por la voluntad manifiesta de los pueblos la sagrada tarea de reconstruir el Perú sobre las más sólidas bases que afiancen su engrandecimiento y garanticen su porvenir”. Pidió a Gutiérrez que le manifestara los propósitos de sus operaciones para normalizar su conducta, haciéndolo responsable de las consecuencias de una nueva lucha futura.
El 19 de junio de 1884, Cáceres envió otra carta a Patricio Lynch a través del doctor Armstrong, quien había sido delegado de Lynch para instar a Cáceres a un acuerdo basado en el reconocimiento del Tratado de Ancón. La respuesta de Cáceres fue la aceptación forzada: “Cuando a consecuencia de mi reconocimiento oficial de la paz de Octubre como un hecho consumado... El gobierno chileno ha conseguido todo lo que ha querido; ahora debe retirar sus tropas para dejar libre al Perú, a no ser que pretenda dominarlo con la fuerza, lo cual no conseguirá, salvo el caso de que convierta al país en un cementerio; pues mientras me quede un hombre con su rejón flameará en alguna puna el pabellón nacional y continuaré luchando”. Esta poderosa declaración reflejó la dignidad de Cáceres ante la inevitabilidad de los hechos. El reconocimiento del tratado por parte del general de la resistencia peruana, Andrés Avelino Cáceres, puso fin formalmente a la Guerra del Pacífico y, posteriormente, a la guerra civil entre las facciones de Cáceres e Iglesias, permitiendo al Perú iniciar su arduo camino hacia la reconstrucción.
Tabla Comparativa: Desafíos y Ventajas en la Sierra
La Campaña de la Breña presentó un contraste marcado en las condiciones y capacidades de los ejércitos enfrentados. A continuación, se detalla una comparación entre los principales desafíos para las fuerzas chilenas y las ventajas inherentes a la resistencia peruana en el difícil terreno andino:
| Aspecto | Desafío Chileno en la Sierra | Ventaja Peruana en la Sierra |
|---|---|---|
| Terreno | Desconocido, insalubre, montañoso, de difícil acceso, pasos estrechos. | Familiaridad con el entorno, uso de "pucarás" (fortificaciones naturales) y "galgas" (rocas rodantes). |
| Logística | Largas y peligrosas líneas de suministro, altos costos de víveres, requisiciones forzadas. | Abastecimiento local (aunque precario), conocimiento de rutas y escondites. |
| Información | Falta de inteligencia local, dificultad para rastrear y seguir a las guerrillas. | Población local informaba movimientos chilenos, redes de apoyo y espionaje. |
| Tácticas | Acostumbrados a la guerra regular, dispersión forzada de tropas, vulnerabilidad. | Guerra de guerrillas, emboscadas, ataques asimétricos, evitar combate frontal, destrucción de infraestructura. |
| Salud | Fiebre tifoidea, viruela, verrugas malignas y otras enfermedades endémicas mermando las fuerzas. | Mayor aclimatación a la altura y conocimiento de remedios tradicionales. |
| Moral | Desgaste por campaña prolongada, brutalidad y condiciones extremas. | Motivación por la defensa del hogar, venganza y fuerte sentido de resistencia nacional. |
Preguntas Frecuentes (FAQ)
- ¿Qué fue la Campaña de la Breña?
- La Campaña de la Breña fue la fase final y más prolongada de la Guerra del Pacífico, desarrollada entre 1881 y 1884. Se caracterizó por la resistencia peruana, liderada por Andrés Avelino Cáceres, en las escarpadas regiones de la sierra central, utilizando tácticas de guerra de guerrillas contra las fuerzas chilenas de ocupación.
- ¿Por qué fue tan difícil para el ejército chileno operar en la sierra peruana?
- El terreno andino era desconocido, insalubre y de difícil acceso para los chilenos. Enfrentaron problemas logísticos severos para el abastecimiento, enfermedades endémicas, y una constante falta de información debido al apoyo de la población local a las guerrillas peruanas. La geografía montañosa favorecía las emboscadas y dificultaba las operaciones militares a gran escala.
- ¿Qué papel jugó la población civil en la resistencia de la Sierra?
- La población civil, especialmente los campesinos e indígenas, fue fundamental para la resistencia. Sirvieron como informantes para las guerrillas, participaron directamente en los combates (a menudo con armas rudimentarias) y sufrieron las consecuencias de las represalias de ambos bandos, en un ciclo de violencia y venganza.
- ¿Qué fue el Código Lieber y cómo se aplicó en la Campaña de la Breña?
- El Código Lieber fue un conjunto de instrucciones militares emitido por Estados Unidos durante su Guerra de Secesión. Permitía prácticas como represalias contra prisioneros de guerra, ejecuciones sumarias de espías y guerrilleros. En la Campaña de la Breña, el ejército chileno lo aplicó, justificando acciones duras contra las montoneras peruanas, a quienes no consideraban soldados regulares, lo que contribuyó a la extrema brutalidad del conflicto.
- ¿Cómo se abastecían las tropas chilenas en la Sierra?
- El abastecimiento era un desafío constante. Los suministros debían ser transportados desde Lima por caminos largos y peligrosos. Se compraban a precios elevados a los lugareños o se requisaban, lo que generaba un fuerte resentimiento y exacerbaba la resistencia peruana. La falta de infraestructura, como ferrocarriles y telégrafos avanzados, complicaba aún más la logística.
- ¿Cómo terminó la resistencia de Andrés Avelino Cáceres en la Sierra?
- La resistencia de Cáceres, aunque heroica, finalmente sucumbió ante la imposibilidad de mantener la guerra. A pesar de su inicial rechazo, Cáceres se vio obligado a reconocer el Tratado de Ancón como un "hecho consumado" en junio de 1884, debido a la situación de "completa impotencia" del Perú tras años de devastación. Su reconocimiento marcó el fin de la Guerra del Pacífico y abrió el camino para la reconstrucción del país.
La Campaña de la Breña no fue solo una fase militar de la Guerra del Pacífico, sino un capítulo de profundo sufrimiento humano y una muestra de la indomable voluntad de un pueblo por resistir. Aunque el ejército chileno logró imponerse militarmente y forzar la firma del Tratado de Ancón, el costo fue inmenso, no solo en vidas y recursos, sino también en la brutalidad que dejó cicatrices duraderas. La sierra peruana se convirtió en un símbolo de resistencia y sacrificio, un escenario donde la geografía, la astucia y el coraje se enfrentaron a la disciplina y el poder de un ejército invasor, marcando el doloroso fin de uno de los conflictos más importantes de la historia sudamericana.
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