¿Quién creó el Ejército Argentino?

El Verdadero Origen del Ejército Argentino

14/08/2014

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Cuando pensamos en el Ejército Argentino, a menudo nos viene a la mente su glorioso lema: "Nació con la Patria en 1810". Esta frase evoca la imagen de una fuerza militar surgida directamente del fervor revolucionario de Mayo. Sin embargo, la historia, como suele ocurrir, es mucho más compleja y fascinante. Contrario a la creencia popular y al propio lema, el germen de lo que hoy conocemos como el Ejército Argentino no solo es anterior a 1810, sino que su figura clave no fue un criollo, sino un francés. Su verdadero nacimiento se remonta a la necesidad imperiosa de defender el territorio de las ambiciones imperiales, especialmente durante las cruciales Invasiones Inglesas.

¿Quién creó el Ejército Argentino?
La creación definitiva del Ejército Argentino se llevó a cabo después de la Batalla de Pavón. Aunque se toma como el acuerdo de Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, es decir la primera junta, cuando se pidió la reorganización de las fuerzas, esta es considerada como el día de creación del Ejército Argentino en la práctica.

El 29 de Mayo celebramos el Día del Ejército, una fecha que marca la institucionalización de las fuerzas armadas por la Primera Junta. No obstante, es fundamental entender que esta fecha conmemora una consolidación, no una creación ex nihilo. El verdadero acto fundacional, el momento en que se sentaron las bases de una milicia organizada y efectiva, ocurrió años antes, bajo circunstancias que cambiaron para siempre la conciencia de los habitantes del Río de la Plata.

Índice de Contenido

Las Débiles Defensas Coloniales: Un Legado de Ineficacia

Durante el período colonial, la defensa del Virreinato del Río de la Plata se sustentaba en una estructura militar precaria y, en gran medida, ineficaz. Existía el Regimiento de Infantería Fijo de Buenos Aires, junto con unidades como los Blandengues, destinados a la vigilancia de la frontera y la contención de incursiones indígenas. La mayoría de sus soldados eran criollos, pero el desempeño de estas fuerzas era, en el mejor de los casos, mediocre. Carecían de equipamiento adecuado, instrucción militar rigurosa y, fundamentalmente, de disciplina. Sus oficiales, en su mayoría españoles, a menudo se mostraban relajados y carecían de conocimientos sólidos en táctica o estrategia militar. Sus principales funciones eran guarnecer fortalezas como las de Buenos Aires, Ensenada, San Miguel, Santa Tecla y Santa Teresa, con destacamentos en Santa Fe y Montevideo.

Los Blandengues, por ejemplo, iniciaron su existencia armados con lanzas, aunque más tarde el Virrey Vértiz los proveyó de sables, pistolas y carabinas. La realidad era que estas unidades solían estar incompletas cuando se realizaban los revistados. El Real Cuerpo de Artillería era prácticamente inexistente, con apenas 40 de sus 200 efectivos custodiando el fuerte porteño, mientras el resto se hallaba en la Banda Oriental. Esta situación de debilidad quedó crudamente expuesta en 1806, cuando la inacción del Regimiento Fijo permitió que apenas 1.600 soldados británicos tomaran Buenos Aires, una ciudad de más de 40.000 almas, prácticamente sin resistencia. Este humillante episodio fue el catalizador para un cambio radical.

Santiago de Liniers: El Arquitecto del Germen Militar

El fracaso de 1806 dejó en evidencia la urgente necesidad de una fuerza de defensa real. Fue entonces cuando un oficial francés al servicio de la corona española, Santiago de Liniers, emergió como la figura providencial. Tras reconquistar Buenos Aires en agosto de 1806, Liniers, consciente de que los británicos intentarían una segunda invasión, convocó al pueblo de Buenos Aires el 6 de septiembre de 1806 a enrolarse en diversos cuerpos militares. Su llamado fue un hito, pues no solo buscaba organizar una defensa, sino que lo hacía apelando directamente al patriotismo local, un concepto que empezaba a germinar.

El llamado de Liniers tuvo una acogida masiva y entusiasta. Los cuerpos se formaron en razón del origen de cada recluta, creando una milicia heterogénea pero profundamente arraigada en la sociedad local:

  • Los criollos nacidos en Buenos Aires se agruparon en el Regimiento de Patricios.
  • Los nacidos en las Provincias del Norte conformaron el Regimiento de Arribeños.
  • Los negros, mestizos, libertos e indios se unieron al Cuerpo de Castas, o de Pardos y Morenos.
  • Los españoles, por su parte, formaron sus propios batallones, conocidos como Tercios, destacando los de Gallegos, Andaluces, Montañeses y Cántabros (formados por vizcaínos y asturianos).

La caballería, menos numerosa por la dificultad de poseer caballos, vio el surgimiento de unidades como los Migueletes, Cazadores, Carabineros y los Quinteros (jinetes de los arrabales). La artillería, si bien seguía siendo escasa y rudimentaria, estaba a cargo de los Patriotas de la Unión (que agrupaba a españoles y criollos) y de los Pardos y Morenos, siendo la menos prestigiosa de las ramas. Era un ejército que, pese a su improvisación, tenía una voluntad férrea de luchar.

Entrenamiento y Financiamiento: Una Fuerza Improvista pero Decidida

Este nuevo ejército tenía una característica fundamental: estaba compuesto por voluntarios con un fuerte sentido de pertenencia y se empezó a entrenar de inmediato. Los cuerpos debían concurrir en días fijos al Fuerte para organizar batallones y compañías, nombrando a sus propios comandantes, segundos, capitanes y tenientes, a voluntad de los mismos cuerpos. Esto se apartaba de las Ordenanzas Militares españolas, que exigían instrucción previa y nombramiento por la corona, pero ante la inminencia de un nuevo ataque inglés y el prestigio de Liniers, nadie se opuso. El Regimiento de Patricios, o Regimiento de Infantería de la Patria como se llamaba oficialmente, conformó tres batallones, seguido en importancia por el de Castas y los Arribeños. Lo más sorprendente fue cómo se costeó esta formidable movilización: los vistosos uniformes, las armas, la pólvora y las obras de defensa se financiaron íntegramente con donativos, suscripciones y préstamos de la propia población.

Las opiniones sobre la efectividad de este ejército inicial variaban. Martín Rodríguez, de los Húsares, afirmaría, quizás con cierta exageración, que a los tres meses de su creación, estos cuerpos podían competir con las mejores tropas de Europa en disciplina y maniobras. Sin embargo, Manuel Belgrano, quien también formó parte de los Patricios, disentía, señalando que “ni la disciplina ni la subordinación era lo que debía ser”, y agregaba que la tropa “decía con mucha gracia que, la guerra se hace con hombres, no con modales”. Esta anécdota refleja el espíritu particular de una fuerza nacida de la necesidad y el voluntarismo.

La Prueba de Fuego: La Segunda Invasión Inglesa

La verdadera prueba para este flamante ejército llegó con la Segunda Invasión Inglesa en 1807. Fue allí donde las milicias criollas y los Tercios españoles, junto al pueblo de Buenos Aires, demostraron una valentía y determinación sin precedentes. La defensa de la ciudad fue un éxito rotundo, obligando a los invasores a capitular y a despejar, para siempre, su amenaza de conquista. La magnitud de esta victoria fue tal que el propio Ministro de Guerra Británico declaró ante el Parlamento: “El mérito de nuestros soldados fue aumentado, en mucho, por la valerosa defensa efectuada por los contrarios. Del mismo modo en que esta poderosa resistencia exalta la gloria de la conquista, abrigo la esperanza de que el valor demostrado por las tropas españolas inspirará a sus compatriotas en Europa a mostrar un espíritu parecido para resistir al enemigo común”. Este discurso, pronunciado tras la invasión napoleónica a España, donde Inglaterra pasaba a ser aliada contra los franceses, subraya la trascendencia de la victoria en Buenos Aires.

El éxito de la defensa tuvo consecuencias profundas. Liniers fue ascendido a Mariscal de Campo y luego a Virrey del Río de la Plata en diciembre de 1807. Pero, más importante aún, los criollos tomaron conciencia de su propia fortaleza y capacidad de defenderse, comprendiendo que, en los momentos de dificultad, poco o nada se podía esperar de la Metrópoli. Esta autoconfianza creciente en los criollos fue de la mano con una antipatía cada vez mayor hacia las fuerzas coloniales españolas. El propio Cabildo manifestó su desilusión: “¿Qué podía esperarse de unos Jefes que, en lo menos que han pensado toda su vida ha sido en arreglar sus regimientos y en sujetarlos a la disciplina?… La verdad es que jamás hemos visto una parada, y así han ido todas las cosas del servicio.” El contraste entre la ineficacia colonial y el heroísmo de las milicias locales era evidente. Cornelio Saavedra, futuro presidente de la Primera Junta, admitía la superioridad de los cuerpos criollos frente a la tropa de línea.

Conflictos Internos: El Virreinato de Liniers y la Conspiración de Álzaga

El virreinato de Liniers, aunque popular entre los criollos por su origen no español y el trato considerado que les daba, generó desconfianza entre los españoles, quienes veían con recelo el creciente poder de las milicias criollas. Los conspiradores, liderados por Martín de Alzaga, Alcalde de Primer Voto de Buenos Aires, y con la participación de figuras como el Obispo Lué y Mariano Moreno (quien nunca congenió con Liniers), así como los Tercios españoles de Gallegos, Vizcaínos y Catalanes, y sorprendentemente el 3º Batallón de los Patricios, se alzaron el 1º de enero de 1809. Coparon la Plaza de la Victoria al grito de “¡Muera el francés Liniers!”, exigiendo su renuncia.

Acorralado, Liniers firmó su dimisión. Sin embargo, en ese momento crucial, aparecieron los cuerpos criollos leales: Patricios (primer y segundo batallones), Arribeños, Húsares y Patriotas de la Unión, junto a los Tercios de Montañeses y Andaluces (muchos de cuyos miembros eran criollos). Le manifestaron su apoyo incondicional y le obligaron a romper su renuncia. Una breve carga de los Húsares de Martín Rodríguez y la salida de los cañones de los Patriotas de la Unión a la plaza bastaron para desbaratar el motín. Este episodio no solo consolidó la lealtad de las milicias a Liniers sino que también expuso las fisuras políticas dentro de la sociedad, anticipando los conflictos de la Revolución de Mayo.

Agradecido, Liniers reconoció que “la energía y el patriotismo de los Cuerpos y Jefes ya citados me sacaron de este conflicto con el mayor denuedo”. Como consecuencia, Liniers disolvió los Tercios sublevados (Vizcaínos, Gallegos y Catalanes), les quitó sus banderas y prohibió el uso de uniforme. También se destituyó al Jefe del 3º Batallón de Patricios y se desterró a los responsables de la conjura, despejando el horizonte de eventuales oponentes a las fuerzas mayormente criollas.

Las Reformas de Cisneros y el Camino a la Revolución

El panorama volvió a complicarse con la llegada de Baltasar Hidalgo de Cisneros en reemplazo de Liniers en 1809. Cisneros, enviado con la misión de restaurar el orden colonial, fue recibido con frialdad por las tropas. Su gestión estuvo marcada por intentos de debilitar la autonomía y el prestigio de las milicias criollas. Devolvió sus banderas a los oficiales de los Tercios disueltos, pero sin volver a constituirlos como unidades activas, dejándolos como “reserva” o “Batallones del Comercio”. Por razones económicas, eliminó varias unidades menores, puso a sueldo solo a los oficiales en actividad y suprimió dos escuadrones de los Húsares.

La medida más impopular y simbólica de Cisneros fue quitar los nombres tradicionales a las unidades de Infantería, pasándolas a numerar como simples “batallones”. Así, los batallones 1 y 2 correspondían a los dos batallones subsistentes de Patricios; el 3 a los Arribeños; el 4 a los Montañeses; el 5 a los Andaluces; el 6 a la reserva de los Cuerpos Urbanos del Comercio; el 7 a los Granaderos de Fernando VII y el 8 a Pardos y Morenos. Así fue cómo se buscó despersonalizar y subordinar a unas fuerzas que habían ganado orgullo y autonomía. Sin embargo, la gente y los propios soldados siguieron llamando a las unidades con sus denominaciones tradicionales. Estas reformas le granjearon la antipatía del ejército, que veía a Cisneros como quien les quitaba las denominaciones con las que orgullosamente habían expulsado al invasor inglés, y a reivindicar a los “Tercios” españoles disueltos.

El 25 de Mayo de 1810: La Consolidación del Ejército Revolucionario

El descontento militar con Cisneros, sumado a la crisis de la monarquía española tras la invasión napoleónica, fue un factor crucial en los eventos de la Semana de Mayo. El 27 de Mayo, Juan Beruti relata que “todas las tropas de Artillería, Infantería y Caballería formaron un cuadro en la plaza; salió la Junta, el Presidente las arengó, y juraron obediencia; y luego hicieron una descarga de artillería y fusilería, con lo cual se concluyó”. Dos días después, el 29 de Mayo de 1810, la Primera Junta emitió un decreto fundamental que, si bien no creaba el ejército, sí lo reorganizaba y fortalecía para los desafíos venideros. Este decreto elevaba todos los Batallones de Infantería a Regimientos (revirtiendo la medida de Cisneros), cada uno con 1.116 efectivos. Ordenaba reincorporar a los que habían sido dados de baja, dispuso una leva de “todos los vagos y hombres sin ocupación” entre 18 y 40 años, y puso a cargo del vocal Miguel de Azcuénaga la “Armería Real” para proveer fusiles. Se obligó a los vecinos a depositar sus armas y se mandó pagar sueldo a todos los soldados alistados.

Este decreto del 29 de Mayo de 1810 fue la piedra angular de la profesionalización y expansión del ejército que la Revolución necesitaría para asegurar su independencia. La Revolución sabía que se iniciaba un arduo camino, que iba a costar mucho sacrificio, lucha, sinsabores y sangre. Por eso, era vital contar con una fuerza militar robusta y leal, capaz de defender la soberanía que se estaba forjando. Así, aunque el lema "Nació con la Patria en 1810" celebra la institucionalización de una fuerza al servicio de la nación naciente, la verdad histórica revela que su germen y su primera gran prueba de fuego ocurrieron años antes, forjando el espíritu combativo que caracterizaría al futuro Ejército Argentino.

Preguntas Frecuentes (FAQ)

¿Cuándo se fundó realmente el Ejército Argentino?
Su germen y organización inicial datan de septiembre de 1806, tras la primera Invasión Inglesa. La fecha del 29 de Mayo de 1810 conmemora su reorganización y consolidación por la Primera Junta, sentando las bases del ejército revolucionario.
¿Quién fue su verdadero creador o impulsor inicial?
El principal impulsor de la creación de los primeros cuerpos militares organizados y con participación criolla fue Santiago de Liniers, un militar francés al servicio de la corona española.
¿Qué papel jugaron las Invasiones Inglesas en la creación del Ejército?
Fueron el catalizador fundamental. La ineficacia de las defensas coloniales frente a la primera invasión en 1806 forzó la necesidad de crear milicias locales organizadas, que luego demostrarían su valía en la defensa contra la segunda invasión en 1807.
¿Por qué se dice que el Ejército Argentino “nació con la Patria en 1810”?
Esta frase se refiere a la institucionalización y reorganización de las fuerzas militares por la Primera Junta, convirtiéndolas en el pilar armado del nuevo Estado independiente que comenzaba a gestarse. Es el momento en que el ejército se pone formalmente al servicio de la nación revolucionaria.
¿Cómo se financiaron los primeros cuerpos militares de Liniers?
Se costearon mediante donativos, suscripciones y préstamos de la propia población de Buenos Aires, demostrando el compromiso popular con la defensa y la autonomía incipiente.

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