02/01/2020
La Guerra de Malvinas, un hito imborrable en la historia argentina de 1982, es recordada principalmente por el heroísmo y el sacrificio de los combatientes varones. Sin embargo, en las sombras de esta narrativa oficial, una historia igualmente valiente y fundamental comenzó a emerger con el tiempo: la de las mujeres que, desafiando prejuicios y obstáculos, cumplieron un rol crucial en el conflicto. Su participación, a menudo minimizada o directamente ignorada, fue tan vital como la de cualquier otro actor en el teatro de operaciones. Este artículo se sumerge en la experiencia de estas pioneras, a través del conmovedor testimonio de Silvia Barrera, una de las once mujeres oficialmente reconocidas como veteranas de Malvinas, para desentrañar el largo y arduo camino que recorrieron hacia el reconocimiento que merecían.

La historia de Silvia Barrera es un reflejo de la tenacidad y el compromiso. Madre de cuatro hijos e instrumentadora quirúrgica de profesión, a sus 23 años no dudó en anotarse como voluntaria para viajar a las Islas Malvinas. Embarcada en el rompehielos ARA Almirante Irízar, permaneció dentro de la zona de conflicto desde el 8 hasta el 18 de junio de 1982. Su relato es un testimonio en primera persona de la realidad que enfrentaron, una realidad marcada por la urgencia, el desafío y, lamentablemente, una profunda indiferencia posterior. Las mujeres, a pesar de su capacitación y valentía, tuvieron que superar barreras invisibles para que su aporte fuera finalmente valorado.
- La Convocatoria Inesperada: Del Hospital al Frente
- El Desembarco y la Indiferencia: Los Primeros Obstáculos
- La Vida a Bordo del ARA Almirante Irízar: Entre Bombardeos y Cirugías
- El Amargo Regreso y el Silencio Impuesto
- El Largo Camino Hacia el Reconocimiento Oficial
- Las Cicatrices Invisibles: El Legado de la Guerra
La Convocatoria Inesperada: Del Hospital al Frente
El inicio de la guerra transformó al Hospital Militar Central, donde Silvia y sus compañeras habían ingresado en 1980, en la cabecera de la sanidad. Al principio, la participación de las mujeres en la zona de conflicto parecía un sueño inalcanzable. Las órdenes eran claras: solo el personal militar masculino podía viajar, excluyendo a estas profesionales de la salud. Sin embargo, la crudeza de la guerra no tardó en demostrar la necesidad imperiosa de personal capacitado. Los enfermeros del Ejército carecían de la experiencia necesaria para la compleja tarea de preparar quirófanos, y la primera camada de mujeres con formación específica aún no se había recibido. Fue en este contexto de urgencia que surgió la convocatoria para las instrumentadoras.
La necesidad era tan apremiante que la burocracia se disolvió ante la emergencia. Silvia Barrera recuerda: “Nos anotamos un día y viajamos al siguiente”. No hubo tiempo para preparativos exhaustivos ni para la asimilación gradual de la idea de ir a una zona de guerra. La respuesta de sus familias fue variada, pero en el caso de Silvia, proveniente de una familia militar, la resistencia fue nula. Su padre, emocionado por la decisión, le compró una máquina de fotos y diez rollos para que pudiera registrar todo, un gesto que subraya la conciencia del momento histórico que estaban a punto de vivir. Aquellas pocas fotografías, escondidas entre la ropa para evitar la requisa inglesa, son hoy un tesoro que atestigua su experiencia.
A pesar de la rapidez de la convocatoria, la logística para su despliegue fue deficiente. La falta de equipamiento adecuado para mujeres fue un claro indicio de que su participación no había sido contemplada inicialmente. Viajaron con ropa de verano en pleno junio, con temperaturas gélidas, y calzado que no correspondía a su talla. “Borceguíes número 40, cuando calzábamos 38”, relata Silvia, una anécdota que encapsula la improvisación y la falta de consideración de género en un momento crítico. Esta situación inicial presagiaba los desafíos que enfrentarían, no solo en el campo de batalla, sino también en la lucha por su reconocimiento.
El Desembarco y la Indiferencia: Los Primeros Obstáculos
La llegada a Río Gallegos marcó el inicio de una serie de desencuentros y frustraciones. La primera sorpresa al desembarcar fue que nadie las esperaba. La información sobre su llegada no había sido comunicada, dejándolas en un estado de total desamparo. Eran las únicas mujeres, vestidas de verde, en medio de un aeropuerto lleno de hombres que las miraban con asombro, pero las ignoraban. Deambularon sin obtener respuestas, hasta que por casualidad encontraron a un médico conocido que las llevó al Hospital Militar de la ciudad. Pero la decepción continuó: se les impidió la entrada hasta que se pudo confirmar su identidad. Era evidente que la presencia de mujeres en un rol militar activo era una novedad para muchos, y no siempre bien recibida.
El siguiente destino fue un galpón de la Fuerza Aérea, desde donde helicópteros las trasladarían al buque Almirante Irízar. Sin embargo, la hostilidad no terminó allí. Al llegar al barco, la reacción del jefe de cubierta fue de incredulidad y enfado. “Cuando el jefe de cubierta vio que éramos mujeres, se puso como loco y empezó a discutir con sus camaradas acerca de qué hacer con nosotras”, recuerda Silvia. Se planteaban su juventud, la complicación que representaban, y la falta de preparación para tenerlas a bordo. Fue solo gracias a la intervención del comandante del barco que la situación se calmó. Esa tarde, recibieron instrucción y, como un intento de enmendar los malos momentos, les prepararon una picada de bienvenida. Finalmente, les asignaron un camarote con tres camas para las seis, una solución precaria que reflejaba la falta de planificación para su alojamiento. Estos primeros días fueron una clara señal de que, además de los peligros de la guerra, tendrían que luchar contra los prejuicios de una institución predominantemente masculina.
La Vida a Bordo del ARA Almirante Irízar: Entre Bombardeos y Cirugías
Una vez a bordo del ARA Almirante Irízar, las instrumentadoras se encontraron con una estructura sanitaria sorprendentemente bien equipada. El buque contaba con dos quirófanos grandes: uno “sucio” para pacientes con infecciones y otro para traumatología. Su primera noche a bordo fue de intenso trabajo: armar los quirófanos, organizar los instrumentos en cajas para las distintas cirugías y esterilizar todo el material. Esta era una tarea específica y vital, y hasta su llegada, solo 19 médicos de la Armada conformaban el personal de sanidad, careciendo de la experticia en instrumentación. Su presencia era, por lo tanto, indispensable.
El conflicto también ponía de manifiesto las diferencias en la capacidad sanitaria entre ambos bandos. Mientras Argentina disponía del Irízar, el buque ARA Bahía Paraíso y tres pesqueros pequeños adaptados como ambulancias, los ingleses contaban con un barco hospital muy grande, el Uganda, y tres más pequeños que recorrían las islas. Todos, siguiendo las normas de la Convención de Ginebra, estaban pintados de blanco con la cruz roja.
A pesar de la guerra, existía una colaboración inusual en lo referente a la atención médica. Una “zona franca” había sido establecida donde los buques hospital de ambos bandos se encontraban para el intercambio de heridos y, de ser necesario, la provisión de ayuda. Silvia Barrera relata que donaron sangre y medicamentos a los ingleses, y en el Bahía Paraíso, incluso atendieron a algunos heridos británicos. Esta colaboración humanitaria es un recordatorio de que, incluso en el fragor del conflicto, ciertas normas de ética y compasión prevalecían.
| Barco Hospital | País | Capacidad/Función |
|---|---|---|
| ARA Almirante Irízar | Argentina | Rompehielos adaptado, 250 camas, 2 quirófanos |
| ARA Bahía Paraíso | Argentina | Buque adaptado, función de hospital/ambulancia |
| Pesqueros pequeños (3) | Argentina | Adaptados como ambulancias |
| Uganda | Reino Unido | Gran barco hospital |
| Barcos pequeños (3) | Reino Unido | Recogían heridos en las islas |
Aunque su deseo era trabajar en el hospital establecido en Puerto Argentino, no lo lograron por un “tecnicismo”: no les habían dado “grado militar”. Esta formalidad las mantuvo embarcadas, mientras la mitad de los médicos bajaba a tierra. La actividad cotidiana a bordo era extenuante. A diario, a partir de las 17:00, con la llegada de la noche y la ventaja de los visores nocturnos británicos, comenzaban los bombardeos. Esta era la señal de que los heridos llegarían en helicóptero desde Puerto Argentino. Más tarde, por el deterioro de las condiciones meteorológicas, los heridos eran trasladados en barquitos pesqueros hasta el buque, donde eran subidos con gomones y redes. Estas maniobras eran extremadamente complicadas para pacientes en recuperación, que a menudo necesitaban ser intervenidos de nuevo. Fueron diez días en los que “prácticamente no dormimos”. Llegaron a hacer cirugías con una oscilación de 45 grados, atados los profesionales y pacientes para moverse al mismo ritmo. La cantidad exacta de heridos atendidos es difícil de calcular, pero el buque, con sus 250 camas, logró trasladar a 370 heridos al continente. El cese del fuego se firmó el 14 de junio, pero permanecieron “prisioneras” en el Irízar hasta el 18, fecha en que se les permitió regresar. A pesar de los cuatro días con el barco cargado de heridos, los ingleses fueron respetuosos, permitiendo evacuar a periodistas, camarógrafos, curas y el apoyo de combate civil para evitar que fueran tomados prisioneros. En cuanto a los fallecidos, en el Irízar se los metía en cámaras para su traslado a Comodoro Rivadavia, mientras que en el Bahía Paraíso, sin la infraestructura necesaria, los cuerpos eran arrojados al mar tras una ceremonia.
El Amargo Regreso y el Silencio Impuesto
El regreso al continente no trajo consigo el alivio o la bienvenida esperada, sino una nueva serie de desafíos y una profunda sensación de abandono. Antes de bajar del barco en Comodoro Rivadavia, Silvia y sus compañeras fueron obligadas a firmar un documento en el que se comprometían a “no contar nada de lo vivido”. Este silencio impuesto, una mordaza sobre sus experiencias, sería una de las cargas más pesadas que llevarían. Mientras los soldados eran trasladados en micro a sus unidades, a las mujeres las enviaron a un hotel alejado, bajo la vigilancia de dos oficiales de inteligencia y con seguridad, para evitar cualquier contacto con el exterior. La intención era clara: silenciarlas, invisibilizarlas.
Sin embargo, la resiliencia de estas mujeres era inquebrantable. Lograron desvincularse de sus custodios y se dirigieron al centro de la ciudad para visitar a sus heridos y celebrar su reencuentro con una pizza. Este acto de rebeldía, de buscar la conexión humana y el consuelo entre sus compañeros, tuvo consecuencias. Al día siguiente, fueron recluidas en el aeropuerto local hasta abordar el avión de regreso. El viaje de vuelta fue igualmente extraño; aunque el avión estaba lleno de militares que regresaban de las islas, nadie les dirigió la palabra. Era un silencio denso, cargado de la misma indiferencia que habían experimentado desde el principio.
Llegaron a El Palomar el domingo 20 de junio a las 23:00 y, al día siguiente, se presentaron a trabajar en el hospital, donde la indiferencia persistió. A la distancia, Silvia reflexiona que esta actitud era el resultado del “prejuicio de hombres que no estaban preparados para reconocer el trabajo de las mujeres”. Habían sido valientes, competentes y esenciales, pero el sistema y la sociedad aún no estaban listos para integrar y valorar plenamente su aporte en un ámbito tradicionalmente masculino.
El Largo Camino Hacia el Reconocimiento Oficial
La lucha por el reconocimiento de las veteranas de Malvinas fue un proceso largo y arduo, que duró décadas. Las heridas de la guerra no eran solo físicas o psicológicas, sino también las de la invisibilidad y el olvido institucional. Fue recién en 2002, veinte años después del conflicto, cuando las cosas comenzaron a cambiar. Ese año, Silvia Barrera y sus compañeras fueron las primeras en recibir el “premio a las mujeres destacadas del Ejército”, una distinción que se instituyó precisamente para reconocer su valía. Este fue un primer paso simbólico, pero crucial, para romper el muro de silencio.
El reconocimiento oficial como Veteranas de Guerra tardaría aún más. Tuvo que pasar una década adicional para que, en 2012, les fuera otorgado este estatus tan esperado. Treinta años después de haber servido en la zona de conflicto, su sacrificio y contribución fueron finalmente oficialmente validados por el Estado. No solo eso, sino que en 2014, su valentía fue condecorada con la prestigiosa Medalla al Valor. Este reconocimiento las posicionó en un lugar histórico significativo; según les informaron, dentro de la historia de las Fuerzas Armadas, después de las mujeres que participaron en las guerras de la Independencia, son las más reconocidas. Sin embargo, este reconocimiento oficial no borró las décadas de exclusión. Durante años, no fueron invitadas a los actos ni a los homenajes, lo que pone de manifiesto la brecha entre la ley y la práctica, entre el papel y la realidad cotidiana. La anécdota de Silvia sobre tener que pelear por un lugar en el estacionamiento del hospital, a pesar de ser la instrumentadora más antigua y la mujer más condecorada de las FF. AA., es un pequeño pero doloroso ejemplo de la persistente “falta de reconocimiento” en la vida diaria.
Las Cicatrices Invisibles: El Legado de la Guerra
La guerra deja marcas que van mucho más allá de las heridas visibles. El estrés postraumático es una de las consecuencias inevitables de los conflictos bélicos, y las veteranas de Malvinas no fueron la excepción. Silvia Barrera revela que estudios realizados hace unos años en el Centro de Salud “Veteranos de Malvinas” demostraron que ninguno de ellos recuerda la vida cotidiana en el buque. La rutina se borró de sus mentes, solo conservan la memoria del día de la llegada y de su intensa actividad profesional. Esta pérdida selectiva de memoria es un síntoma claro del trauma. Además, todas las veteranas padecen serios problemas para dormir, una constante inquietud que las acompaña en su día a día.
Quizás la revelación más impactante y dolorosa es que “todas las veteranas padecemos algún tipo de cáncer”. Esta correlación, aunque no se explicite su causa, sugiere un profundo impacto fisiológico del estrés extremo y las condiciones vividas durante y después del conflicto. Es una cicatriz invisible, pero devastadora, que subraya el costo personal y duradero de la guerra.
Para Silvia, y para cualquier veterano, el tema de Malvinas no es un capítulo cerrado. “De ningún modo”, afirma. Recientemente, se ha planteado la discusión sobre si los veteranos siguen o no peleando. Las opiniones están divididas, pero Silvia cree firmemente que “seguimos peleando otras batallas”. La suya es la batalla por mantener viva la verdad de lo vivido, por asegurar que las futuras generaciones conozcan la historia completa, incluyendo el papel de las mujeres. Su preocupación por lo que sucederá “cuando ya no estemos para seguir contando la verdad de lo que vivimos” es un llamado a la memoria y a la acción, a que la historia de estas valientes mujeres no vuelva a caer en el olvido.
Preguntas Frecuentes sobre las Veteranas de Malvinas
- ¿Cuántas mujeres fueron reconocidas oficialmente como Veteranas de Guerra de Malvinas?
- Según la ley, se consideran veteranos a quienes se desempeñaron dentro del teatro de operaciones de Malvinas. En el caso de las mujeres, once fueron reconocidas oficialmente. Seis de ellas, incluyendo a Silvia Barrera, pertenecientes al Ejército Argentino, cumplieron funciones embarcadas en el buque ARA Almirante Irízar.
- ¿Qué tareas específicas desempeñaron las mujeres en el conflicto de Malvinas?
- Las mujeres destacadas en el relato, como Silvia Barrera, eran instrumentadoras quirúrgicas. Su función principal era preparar y organizar los quirófanos, esterilizar el material y asistir en las cirugías, una tarea crucial para atender a los heridos que llegaban al buque hospital ARA Almirante Irízar.
- ¿Por qué tardó tanto el reconocimiento oficial de las veteranas de Malvinas?
- El reconocimiento oficial tardó décadas debido a una combinación de factores, incluyendo la falta de “grado militar” para algunas, el prejuicio de género en una institución mayormente masculina y la tendencia inicial a invisibilizar su participación en un conflicto tradicionalmente asociado a los hombres. El reconocimiento comenzó a ser más formal a partir de 2002 y se consolidó en 2012 y 2014.
- ¿Las mujeres que sirvieron en Malvinas sufrieron estrés postraumático?
- Sí, el testimonio de Silvia Barrera indica que las veteranas de Malvinas sufrieron estrés postraumático. Se reportan problemas de memoria (especialmente la rutina diaria en el buque), dificultades para dormir y un alto índice de enfermedades como el cáncer entre ellas, sugiriendo un impacto profundo y duradero del trauma de la guerra.
- ¿Qué se entiende por “teatro de operaciones de Malvinas” y su relevancia para el reconocimiento?
- El “teatro de operaciones de Malvinas” se refiere a la zona geográfica específica donde se desarrollaron las acciones bélicas. Según la ley argentina, para ser reconocido como veterano de guerra, el personal debía haberse desempeñado dentro de esta área. Esto fue un punto clave para el reconocimiento de las mujeres embarcadas en buques hospital que operaron dentro de esta zona.
- ¿Existió colaboración médica entre las fuerzas argentinas y británicas durante la guerra?
- Sí, a pesar del conflicto, existió una colaboración humanitaria. Se estableció una “zona franca” donde los buques hospital de ambos bandos podían encontrarse para el intercambio de heridos y, si era necesario, para la provisión de ayuda mutua, como donaciones de sangre y medicamentos. Esto se hizo siguiendo las normas de la Convención de Ginebra.
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