28/06/2022
En los vastos y áridos desiertos de Nehekhara, un reino sin vida de dunas interminables teñidas de rojo, se alzan legiones de soldados esqueléticos y sus majestuosos señores: los Reyes Funerarios. Estas figuras momificadas, condenadas a una perpetua muerte en vida, dirigen a sus ejércitos de No Muertos en una lucha eterna por defender sus tierras y expandir sus dominios. Pero este desolado paisaje no siempre fue así. Hubo un tiempo en que Nehekhara fue la joya de la corona de la civilización humana, una era dorada de esplendor y conquistas que palidecía a cualquier otra nación. Sin embargo, todo cambió hace milenios con la traición de un hombre: el Gran Nigromante Nagash. Su perfidia y hechicería no solo destruyeron el reino, sino que condenaron a sus reyes a un despertar macabro. Esta es la epopeya de aquellos turbulentos tiempos, una historia de ambición, traición y una voluntad inquebrantable que desafió a la propia muerte.

El Amanecer de una Civilización: Nehekhara en su Esplendor
Mucho antes de que los humanos vagaran por el mundo como tribus bárbaras, las leyendas de Nehekhara cuentan que los dioses mismos caminaron por la tierra. Ptra, el Dios Sol y Rey del panteón, lideró a las deidades del desierto en batallas épicas contra viles demonios y espíritus malignos, purificando el Valle Fértil y transformándolo en un vergel. Durante milenios, los dioses reinaron, hasta el nacimiento de la humanidad. Fue Ptra quien, favoreciendo a estas gentes, les concedió la fértil región que se conocería como Nehekhara, a cambio de su veneración. Los dioses nutrieron a las tribus nómadas, enseñándoles a leer, escribir y construir grandes ciudades, sentando así las bases de una civilización sin igual.
Hace incontables siglos, Nehekhara floreció en el sur del Viejo Mundo, alcanzando un poder y conocimiento que ninguna otra civilización humana ha podido igualar. Sus jeroglíficos más antiguos sugieren que sus gentes, escapando de la esclavitud, se asentaron en estas tierras cálidas y secas, donde sus antiguos amos no osaban aventurarse. Los primeros reyes guerreros sometieron a las tribus locales y expulsaron a los pieles verdes, gobernando desde el desierto occidental hasta el mar oriental.
Mediante siglos de desarrollo cultural, el “Valle Fértil” se transformó en una potencia. Sus gentes erigieron ciudades de piedra blanca y mármol, conectadas por grandes carreteras y flotas navales. Reyes poderosos gobernaban sin oposición, y ejércitos disciplinados aniquilaban a cualquier invasor. La ciudad más grande y esplendorosa era Khemri, cuya gobernante era considerada la cúspide entre sus iguales. Aunque cada ciudad tenía su propio rey, todos debían lealtad y tributo a Khemri. Juntos, estos reyes expandieron su dominio, sometiendo tribus y repeliendo hordas de pieles verdes, gobernando desde los desiertos de Arabia hasta el Mar del Terror.
En el cenit de su poder, Nehekhara se extendió en todas direcciones: al norte hasta lo que hoy es “El Imperio”, al sur hasta las junglas de las Tierras del Sur, e incluso al este hasta las siniestras Tierras Oscuras. Sus ejércitos subyugaron pueblos, y sus flotas aterrorizaron los mares, sembrando el miedo en costas lejanas. Sin embargo, antes de la llegada de Settra, Nehekhara estaba fragmentada en múltiples reinos, con guerras constantes por el control de las tierras fértiles.
La Era de los Conflictos y la Ascensión de Settra
A pesar de la prosperidad, la ambición de los reyes de Nehekhara llevó a guerras internas. La Corona de Nehekhara, símbolo de poder absoluto, pasaba de un conquistador a otro. Decenas de reyes ascendieron y cayeron, sin que ninguno lograra mantener el poder por mucho tiempo. Esta fragmentación dejó al Valle Fértil vulnerable. Lybaras fue casi destruida por criaturas escamosas del sur, y hordas de pieles verdes y bárbaros del norte arrasaron el reino sin oposición. Una sequía y una gran plaga debilitaron aún más a los ejércitos, que, exhaustos por la enfermedad, la inanición y la guerra civil, se negaban a unirse. La primera gran civilización del Hombre estaba al borde del colapso.
Fue en este caos donde apareció Settra, el recién coronado rey de Khemri. De todos los monarcas de Nehekhara, ninguno igualaba su esplendor, crueldad o arrogancia. Vanidoso y egoísta, Settra exigía adoración, pero no era insensato. Escuchó las advertencias de sus sacerdotes y comprendió que un líder respetuoso con los dioses ganaría la devoción de su pueblo. A diferencia de otros, Settra honró a los antiguos dioses, restaurando templos y erigiendo estatuas en su honor.
En el primer aniversario de su coronación, Settra rogó a los dioses por la gloria de Khemri y la fuerza para vencer a sus rivales. Para demostrar su compromiso, realizó un ritual espectacular, sacrificando a sus propios hijos. Al día siguiente, el Gran Río Vitae se desbordó por primera vez en décadas, barriendo la plaga y haciendo que las cosechas volvieran a ser abundantes. Esto fue interpretado como una señal divina: Settra había sido elegido por los dioses. Así, se convirtió en el Primer Rey Sacerdote de Khemri, un gobernante que no solo comandaba a su pueblo y legiones, sino que ostentaba el poder de los dioses.
Settra, un despiadado señor de la guerra con un genio estratégico sin igual, había combatido en las legiones de su padre. Una a una, las grandes ciudades de Nehekhara se arrodillaron ante sus legiones. Numas cayó, luego Zandri, y con cada victoria, más guerreros se unían a su estandarte. Pronto, Settra comandó el ejército más grande y temible que Nehekhara jamás había visto. Con estas formidables tropas, conquistó a todos los reyes, obligándolos a jurarle lealtad y pagar tributos, reconociendo a Khemri como la ciudad preeminente. Mediante conquistas militares sangrientas y triunfales, Settra puso fin a la guerra civil y a la “Era de los Conflictos”.
Bajo su mando, Khemri y todo Nehekhara entraron en una verdadera era dorada. Las ciudades arrasadas fueron restauradas, y se erigieron grandes monumentos en honor a los dioses y al propio Settra. Poderosas legiones aseguraron las fronteras y repelieron monstruos y bárbaros. Pero Settra no se conformó con restaurar los reinos de sus ancestros. Sus ejércitos se expandieron en todas direcciones, conquistando tierras y esclavizando tribus. Sus flotas asolaron reinos más allá de los mares, llevando el terror del Rey Sacerdote de Khemri a tierras lejanas. Ciudades cayeron, naciones fueron conquistadas, y sus riquezas saqueadas para el Valle Fértil. Durante su reinado, Nehekhara alcanzó la cima de su poder e influencia.
La Obsesión por la Eternidad: El Culto Mortuorio
Sin embargo, nada podía saciar el hambre de guerra y conquista de Settra. Pese a todas sus victorias, el Rey Sacerdote seguía insatisfecho. A sus cuarenta años de reinado, con su cuerpo mostrando los primeros síntomas de la vejez, Settra contempló la vastedad de su imperio desde las Montañas Negras y rugió de furia al darse cuenta de que, aun viviendo cien años más, siempre habría reinos más allá de su alcance. La ira lo consumía, pues sabía que su único enemigo invencible era el inexorable paso del tiempo, su propia mortalidad. La muerte podía arrebatarle todo lo que había logrado: sus tierras, sus súbditos y su poder.
Obsesionado con la inmortalidad, Settra juró que la muerte jamás lo reclamaría. Ordenó a sus sacerdotes encontrar una manera de mantenerlo con vida para siempre. Así fundó el Culto Mortuorio, instando a sus más sabios y poderosos sacerdotes a dedicarse por completo a descubrir cómo prevenir su deceso. Durante años, los sacerdotes de Khemri crearon pociones, recitaron cánticos y viajaron a tierras lejanas en busca de los secretos de la vida eterna. Aprendieron mucho, logrando extender la vida de Settra mucho más allá de su duración natural. Sin embargo, solo posponían lo inevitable; el cuerpo mortal de su señor se volvía más frágil con cada año.
Los sacerdotes, temiendo la legendaria ira de Settra, no se atrevieron a revelar estas limitaciones y continuaron su búsqueda. Estudiaron todos los aspectos de la muerte, acumulando conocimientos arcanos que también prolongaron sus propias vidas. Perfeccionaron el arte de la momificación, aprendiendo a preservar un cuerpo para evitar su putrefacción. Con el tiempo, los hierofantes del Culto Mortuorio incluso intentaron canalizar los Vientos de la Magia, buscando dominar el poder de los propios dioses. A pesar de los increíbles progresos, la verdadera inmortalidad seguía siendo inalcanzable. La furia de Settra fue inmensa, pues aunque la magia sacerdotal lo había mantenido vivo más allá de cualquier mortal, no podía evitar su muerte.
No obstante, el Culto Mortuorio había desarrollado vastos conocimientos en encantamientos y rituales mágicos, con los que creían poder conectar el mundo de los mortales con el Reino de las Almas. Prometieron a Settra que, con cuidadosos preparativos, sería posible hacer que los muertos volvieran a la vida con cuerpos imperecederos, aunque necesitarían muchos siglos para perfeccionar los rituales. Sin otra opción, Settra ordenó la construcción de una enorme tumba funeraria para que su cuerpo reposara hasta que el Culto Mortuorio completara su trabajo y él pudiera ser revivido a la existencia eterna que tanto ansiaba.
La Pirámide de Settra y las Necrópolis
Mientras Settra agonizaba, lleno de rabia y orgullo, los sacerdotes del Culto Mortuorio le prometieron un paraíso dorado donde reinaría por millones de años al despertar. Cuando el rey finalmente pereció, lo hizo con una maldición en los labios. Su cuerpo fue embalsamado ritualmente con gran suntuosidad y preservado contra la descomposición. Fue inhumado en un espectacular sarcófago, en el corazón de una majestuosa pirámide de brillante piedra blanca. Este monumento era tan deslumbrante que cegaba a las criaturas mortales y se alzaba imponente sobre Khemri, el más grande y magnífico jamás creado en Nehekhara.
Todos sus tesoros, junto con sus más leales sirvientes y guardaespaldas, fueron enterrados con él. Las legendarias legiones de Settra, que habían moldeado el reino a su voluntad, fueron dispuestas en colosales fosas funerarias bajo la pirámide, enterradas vivas en preparación para el Día del Despertar. Momificado a la derecha de su amado rey, se encontraba Nekaph, su sirviente más fiel, dispuesto a servirle en la otra vida.
Durante miles de años, los sacerdotes de Khemri mantuvieron encendidas las Llamas Funerarias en el exterior de la tumba sellada, alimentando el espíritu inmortal de Settra con sacrificios y encantamientos. Ninguna otra tumba gozó de tan poderosos jeroglíficos y protecciones. En este periodo, los sacerdotes del Culto Mortuorio continuaron desarrollando su comprensión de los encantamientos mágicos, esperando desentrañar los secretos de la inmortalidad y acelerar la resurrección de Settra.
La sociedad de Nehekhara se obsesionó con la muerte y la inmortalidad. Deidades como Djaf, Dios de los Muertos, y Usirian, Dios del Inframundo, llegaron a ser tan adoradas como Ptra. Calaveras y tibias se convirtieron en símbolos de la inmortalidad, representados en escudos, estandartes y carros de guerra. Los guerreros heroicos eran recompensados no solo con riquezas en vida, sino con la promesa de ser momificados para unirse a su señor en la eternidad. La obsesión transformó irrevocablemente el paisaje del Valle Fértil.
Cada Rey Sacerdote exigía que su pirámide superara en espectacularidad a las de sus predecesores, aunque ninguno se atrevió a sobrepasar la majestuosidad de la Gran Pirámide de Settra. Se construyeron monumentos aún más grandes y se esculpieron estatuas titánicas para vigilar sus restos. Pronto, todos los esfuerzos de Nehekhara se invirtieron en construir y mantener las Necrópolis. Los Necrotectos dirigían las construcciones, mientras los Sacerdotes Funerarios supervisaban los rituales de momificación. Los nobles menores también reclamaron ritos similares, y a lo largo de los siglos, centenares de líneas familiares reales fueron sepultadas. Las resplandecientes necrópolis de los muertos crecieron hasta superar con creces las moradas de los vivos, sin escatimar gastos para asegurar el camino hacia la inmortalidad. Nadie sospechaba entonces que toda aquella gloria sería destruida por un solo hombre.
La Traición de Nagash y la Caída de Nehekhara
La destrucción de Nehekhara fue obra de un único hombre: Nagash, un corrupto sacerdote y primogénito del Rey Khetep de Khemri. Aunque destinado al Culto Mortuorio, Nagash, orgulloso y egoísta, codició el trono de su hermano menor, Thutep. Corrompió los encantamientos religiosos del Culto Mortuorio y reunió acólitos, entre ellos el cruel Arkhan. Una noche, Nagash asesinó al guardaespaldas de Thutep y sepultó vivo al joven rey en la Gran Pirámide de su padre. A la mañana siguiente, se proclamó rey de Khemri sin oposición.
El reinado de Nagash fue una era de terror. Buscó incrementar su poder mediante hechicería maligna, una blasfemia que los nehekharianos temían que provocara la ira de los dioses. Nagash aprendió la Magia Negra de una cábala de Elfos Oscuros naufragados, a quienes torturó en la pirámide de su padre hasta que compartieron sus secretos. Nagash se convirtió en un alumno tan dotado que en pocos años superó a sus “tutores”, destruyéndolos en un duelo mágico.
Combinando su maestría en Magia Negra con el conocimiento de la muerte del Culto Mortuorio, Nagash experimentó con la nigromancia. Conjuró demonios, aprendiendo oscuros y terribles secretos, y recopiló sus descubrimientos en nueve tomos de saber maldito: los Libros de Nagash, la fuente más poderosa de magia nigromántica jamás creada. Uno de sus mayores éxitos fue el Elixir de la Vida, con el que desentrañó el secreto de la eterna juventud. Permitió a su fiel Visir Arkhan y a otros comandantes probar el brebaje, que los hizo inmortales y fuertes, pero también esclavos de su voluntad, pues solo Nagash sabía cómo crearlo.
La Pirámide Negra y la Guerra de los Muertos
Para incrementar su poder y mantener su dominio, Nagash ordenó la construcción de una enorme pirámide negra. El populacho creyó que era otra tumba, pero era una estructura para canalizar los Vientos de la Magia y doblegarlos a su voluntad. La pirámide se convirtió en su obsesión, y su construcción drenó los recursos de Khemri, forzándolo a la guerra para obtener más materiales y mano de obra. Nagash exigió grandes cantidades de oro y esclavos de otras ciudades, arrebatándoselos por la fuerza y conquistando brutalmente a muchas. Mármoles del color del cielo nocturno fueron traídos de lejanos parajes, e incontables esclavos trabajaron día y noche durante cincuenta años hasta que la Pirámide Negra de Nagash se alzó cientos de metros sobre todos los demás monumentos de Nehekhara, incluso ridiculizando la Gran Pirámide de Settra. Cuerpos maltrechos de esclavos fueron encajonados en sus cimientos, y místicas protecciones de poder se entretejieron en sus muros. Incluso bajo el sol del desierto, la pirámide era fría al tacto y no reflejaba luz.
Una vez completada, los Vientos de la Magia soplaron con más fuerza por Nehekhara, y la maestría de Nagash sobre la nigromancia se multiplicó. Sin embargo, los tributos exigidos eran tan draconianos que el hambre asoló las tierras, y las grandiosas ciudades del resto de Nehekhara se empobrecieron y cayeron en ruinas. Finalmente, los demás Reyes Sacerdotes se negaron a seguir sometiéndose a la tiranía de Khemri y se unieron para derrocar a Nagash.
Para enfrentar a los desafiantes Reyes Sacerdotes, Nagash usó sus infernales poderes para alzar una legión de Guerreros Esqueletos. Era la primera vez que los cadáveres eran reanimados para servir la voluntad de otro, y el horror hizo huir a muchos soldados mortales. Una ciudad tras otra cayó ante Nagash, y cada soldado abatido engrosaba las filas de los No Muertos. Nagash subestimó la determinación y el orgullo de los Reyes Sacerdotes. Tras años de lucha, los siete Reyes Sacerdotes restantes unieron sus ejércitos y marcharon sobre Khemri.
No solo guerreros de carne y hueso asediaron Khemri; junto a ellos marchaban enormes estatuas animadas. El Culto Mortuorio, temeroso de la magia de Nagash, decidió intervenir, poniendo en práctica sus siglos de investigación mágica. Mediante un gran ritual, convocaron los espíritus de antiguos héroes del Reino de las Almas y los ataron a las numerosas estatuas de las Necrópolis, como las poderosas Esfinges de Guerra o los Ushabti, colosos necrolíticos que imitaban la apariencia de dioses. Con estas creaciones, los guerreros vivientes de Nehekhara se inspiraron y se abalanzaron sobre las legiones de Muertos Vivientes con potencia devastadora.
Tras una batalla titánica, las fuerzas de Nagash fueron derrotadas por el ejército de los Siete Reyes. Khemri fue asediada y saqueada. Los comandantes inmortales de Nagash, refugiados en la maldita Pirámide Negra, fueron arrastrados de sus sarcófagos y ejecutados uno a uno. Nagash, sin embargo, logró escapar gracias al sacrificio de Arkhan, quien lo contuvo el tiempo suficiente para que su maestro huyera. Maldiciendo entre dientes, Nagash juró convertir el mundo entero en un reino de los muertos y huyó al norte para planear su desquite. La Pirámide Negra fue abandonada y evitada durante siglos.
Durante siglos, los Reyes Sacerdotes siguieron gobernando, pero la corrupción de Nagash había dañado Nehekhara para siempre. Las ciudades estaban exhaustas, lidiando con hambrunas, guerras civiles y bandidos. La traición de Nagash había manchado las líneas sucesorias, y no fue hasta muchos siglos después que apareció un rey verdaderamente poderoso: Alcadizaar, un líder como no se había visto desde Settra. Las Grandes Ciudades de Nehekhara se unieron bajo su sabio y carismático mando, y la región empezó a prosperar de nuevo.
La Maldición de Lahmia y el Retorno de Nagash
La traición de Nagash era difícil de olvidar, y el Culto Mortuorio fue vigilado de cerca, prohibiéndoles desviarse de sus encantamientos clásicos. Sin embargo, las blasfemas maquinaciones de Magia Negra de Nagash se extendieron hasta Lahmia, cuyos gobernantes ansiaban poder. Robaron uno de los Libros de Nagash de la Pirámide Negra y se convirtieron en expertos nigromantes. La reina de Lahmia, Neferata, abrazó esta magia, confraternizando con entidades demoníacas y creando una versión corrupta del elixir de Nagash que le otorgó vida indefinida, pero la condenó con una irrefrenable sed de sangre mortal. Así, Lahmia se convirtió en la cuna de los primeros Vampiros, criaturas profanas que superaban en fuerza a docenas de humanos.
Temeroso de que la nigromancia provocara la ira de los dioses, el Rey Alcadizaar entró en guerra con la maldita reina Vampira. Reunió legiones de varias ciudades de Nehekhara, formando un ejército masivo que lanzó contra Lahmia. Miles de carros de guerra, vastos regimientos de arqueros, falanges de lanceros y batallones de estatuas de guerra gigantes cargaron. Ni siquiera los poderosos Vampiros pudieron prevalecer, y las fuerzas de Lahmia fueron aplastadas. Neferata y su corte vampírica huyeron.
Sin que los Vampiros lo supieran, habían sido dirigidos por la implacable voluntad de Nagash desde su creación. Oculto en su fortaleza de Nagashizzar, en las montañas al noreste de Nehekhara, el archinigromante se regocijó al reconocer en la corrupción de Lahmía la semilla del mal que había plantado años atrás. Atrajo a los Vampiros, acogiéndolos como sus capitanes oscuros, e inició una nueva ofensiva contra Nehekhara. Nagash resucitó a su más fiel seguidor, Arkhan el Negro, quien logró numerosas victorias. La guerra asoló Nehekhara durante años, dejándola irremediablemente arruinada.
Sin embargo, Alcadizaar, el más grande general de la época, lideró a los ejércitos unificados de Nehekhara contra Nagash. Las legiones combinadas nunca se rindieron, hasta que, en la Batalla del Cráneo Dorado, lograron rechazar definitivamente a las hordas No Muertas de Nagash. Los Vampiros se dispersaron por el mundo, y sin su magia y liderazgo, los ejércitos de Esqueletos se derrumbaron. Nagash había sido derrotado una vez más, pero Alcadizaar no pudo acabar con él, pues su magia, aunque no en su apogeo, aún lo mantenía en la tierra.
La amargura de Nagash por su derrota fue tal que prefirió acabar con todo ser viviente en Nehekhara antes que ver a alguien más disfrutar del poder. Envenenó el Gran Río Vitae hasta que su cauce se volvió negro y pastoso, echando a perder todas las tierras cultivables. Desde entonces, fue conocido como el Gran Río Mortis. Plagas y pestilencias se extendieron por el Valle Fértil; en semanas, el número de muertos superó a los vivos. Alcadizaar, impotente, vio morir a su gente, a sus amigos, a sus hijos y a su consorte. Cuando las fuerzas no muertas de Nagash volvieron a atacar, encontraron una pobre defensa. Khemri cayó sin oposición, y Alcadizaar fue apresado y encerrado. Por primera vez en siglos, Nagash se sentaba de nuevo en el trono de Khemri.
Pero no se quedó mucho tiempo. Embriagado de visiones de poder, regresó a Nagashizzar para preparar el Gran Ritual, el hechizo más terrorífico jamás concebido, capaz de resucitar a todo cadáver en la tierra y atarlo a su control. Para ello, consumió grandes cantidades de Piedra Bruja y convocó las energías de su Pirámide Negra. Mientras entonaba los cánticos, los cielos se oscurecieron y el suelo tembló. Cuando la invocación alcanzó su clímax, una oleada de energía surgió de él, anegando Nehekhara. Todo ser viviente sintió cómo le arrebataban la vida. En segundos, cosechas se marchitaron, animales perecieron, y los últimos habitantes de Nehekhara cayeron al suelo, sus pieles arrugándose hasta convertirse en polvo por un hechizo que los envejeció cien años en un parpadeo. Minutos después, no quedaba una sola criatura viva en Nehekhara. El odio de Nagash hacia Alcadizaar era tal que lo dejó vivir prisionero, para que contemplara el horrendo destino de su antiguo reino. Nagash planeaba resucitar a los habitantes de Nehekhara bajo su mando para conquistar el mundo.
El Despertar de los Reyes Funerarios
Mientras Nagash disfrutaba de su victoria, borracho de energía mágica, algo se movía en las profundidades. Alcadizaar, el último rey vivo de Nehekhara, fue misteriosamente liberado de su prisión bajo Nagashizzar por un grupo de encorvadas criaturas humanoides parecidas a ratas, embozadas y cubiertas por túnicas raídas. Las criaturas le entregaron una poderosa espada forjada de la más pura Piedra Bruja y le mostraron el camino a la sala del trono de Nagash, donde el nigromante se recuperaba. Con la fuerza de la voluntad, Alcadizaar blandió la espada y se tambaleó hasta el Nigromante. Un combate tremendo tuvo lugar, y Nagash recibió una herida mortal del último rey de Khemri. Al morir Nagash, las energías del hechizo se descontrolaron y se extendieron en todas direcciones. Tras el combate, Alcadizaar, horrorizado, desapareció de la historia.
Los únicos que permanecieron con vida fueron los Sacerdotes Funerarios. Sus cuerpos, acostumbrados a una vida antinaturalmente longeva, no habían sido afectados por la maldición de Nagash. Sin saberlo, habían alcanzado la inmortalidad que tanto habían estudiado, aunque no de la forma esperada. La maligna magia de Nagash llegó a todos los rincones de Nehekhara, penetrando en las tumbas de los reyes y reverberando en las estancias de la ciudad de los muertos. Tocados por estas poderosas energías oscuras, los cadáveres, tanto reyes como sus seguidores, se alzaron de sus tumbas, reanimados en número incontable.
Sin embargo, con la destrucción del nigromante, la voluntad de estos No Muertos desapareció, y se desplomaron como marionetas. Pero la terrible magia de Nagash había penetrado también en las tumbas de los reyes, y dado que los monarcas estaban protegidos por los encantamientos y guardas de sus pirámides y necrópolis, el hechizo de Nagash los afectó de un modo ligeramente diferente. Tras siglos de permanecer inhumados, los abotargados cuerpos de los antiguos monarcas y héroes de Nehekhara se alzaron de nuevo. Los reyes momificados y las legiones de Guerreros Esqueletos surgieron de hasta la más olvidada de las tumbas llenas de arena, listos para cumplir las órdenes de su amo. Soldados y generales se revolvieron en sus tumbas y vieron de nuevo la luz, aunque estos guerreros eran meros autómatas en comparación con sus soberanos.
Gracias a los encantamientos de preservación, los Reyes y Príncipes Funerarios regresaron del Reino de las Almas con sus memorias y facultades mentales intactas. Pero lo que vieron al abrir los ojos los horrorizó: se les había prometido vida eterna en un paraíso donde reinarían supremamente, y en su lugar se encontraron encerrados en cuerpos de carne disecada y ropajes podridos, sus ciudades hechas añicos, sus tierras desoladas y sus reinos convertidos en montones de ruinas semienterradas entre las dunas de arena.
La Guerra de los Reyes y el Reinado Perpetuo de Settra
La larga historia de Nehekhara había tenido incontables reyes. Los fuegos de la ambición y el orgullo que los habían definido en vida aún ardían en sus cuerpos corrompidos, y al volver de la tumba, todos se aprestaron a reclamar sus imperios. Antaño habían sido reyes poderosos y únicos, pero ahora comprobaban con horror que no eran diferentes de los demás, pues la tradición de embalsamar a los muertos había perdurado por generaciones, y había centenares de ellos exigiendo lo mismo. Todos creían ser los legítimos gobernantes de aquellas tierras, y ninguno estaba dispuesto a ceder un ápice de su poder.
Dinastías enteras se vieron obligadas a confrontar a sus fundadores, y las necrópolis albergaron interminables batallas por la supremacía entre reyes, cada uno liderando sus propias legiones de No Muertos, que eran destruidas por millares. De todas las tumbas y pirámides de Nehekhara, solo una permaneció silente e intacta, sin que nadie se atreviera a luchar por ella: la Gran Pirámide de Settra el Imperecedero. Las protecciones grabadas en aquel monumento funerario habían protegido al momificado Settra de la magia oscura de Nagash. En aquel sepulcro, los muertos seguían inertes en su sueño eterno, ajenos al tumulto de las mil batallas que tenían lugar más allá de los muros de la pirámide.
Las batallas continuaron, atrayendo la atención de los Sacerdotes Funerarios. Sus cuerpos, ya longevos, no se habían visto afectados por el hechizo de Nagash, sobreviviendo incólumes al auge y caída del Gran Nigromante. Parecía que las luchas entre los Reyes Funerarios destruirían lo que quedaba de Nehekhara. Aunque su poder no podía compararse al de Nagash, decidieron intervenir. El Gran Hierofante Khatep, líder del Culto Mortuorio y el más viejo y sabio entre ellos, se responsabilizó de restaurar el orden. Rompió los sellos de la Pirámide de Settra y comenzó a recitar el cántico del despertar.
Las batallas entre los reyes rivales se extendieron por varios días más, hasta que finalmente la tumba de Settra fue abierta, y el más poderoso de todos los reyes de Nehekhara salió a la cegadora luz del sol, a la cabeza de una hueste de miles de soldados. En su estado de no-muerte, Settra ansiaba dominar a todos los demás Reyes Funerarios y no toleraría la menor rivalidad. Settra entró en la refriega, acompañado por su fiel Heraldo, Nekaph. Juntos, lideraron a los Guardias del Sepulcro, tropas de élite que abrieron un reguero de destrucción en las legiones de Guerreros Esqueletos enemigas. Settra abatió personalmente a las docenas de Reyes Funerarios menores que se le opusieron, destruyéndolos hasta reducir sus huesos a polvo. Ni siquiera Arkhan el Negro, con su dominio de la magia negra, pudo prevalecer contra las fuerzas imparables de Settra y huyó de Khemri. En poco tiempo, todos los Reyes Funerarios que aún estaban enteros agacharon sus cabezas ante Settra el Imperecedero, rey indiscutible de todo Nehekhara.
Settra regresó a su sala del trono y ordenó a los Sacerdotes Funerarios que le explicaran por qué el despertar había tenido lugar antes de tiempo y por qué se había torcido tanto. Settra estaba furioso: sus ciudades estaban en ruinas, sus tesoros habían sido saqueados, y gran parte de su reino había caído en manos de invasores extranjeros. El paraíso dorado prometido no existía, y lo peor de todo, los antiguos dioses parecían haber abandonado Nehekhara. El Gran Hierofante Khatep se humilló y le relató la historia de Nehekhara desde su muerte dos mil años atrás, describiendo el ritual de Nagash y los efectos de la maldición. Settra escuchó con ira apenas contenida. Una vez que aprendió todo lo que consideró conveniente, ordenó a los Reyes Funerarios que volvieran a su descanso eterno. Expulsó a los sacerdotes funerarios por haberle mentido, pues el vanidoso Settra creía que sus propios poderes eran mayores que los de los sacerdotes. Estos recibieron la orden de vigilar Nehekhara y las tumbas de los reyes vasallos, y de despertarlos en caso de necesidad.
Settra, por su parte, juró mantenerse permanentemente vigilante y luchar, saqueando la tierra para abastecerse y haciendo la guerra contra los enemigos de Nehekhara. Nunca más volvería a dormir, a fin de cuidar en todo momento de su maltrecho reino e impedir que se hundiera aún más en la ruina. Sin perder tiempo, Settra se entregó a la labor de restaurar la gloria de su antiguo imperio. Se mostró especialmente vigilante para evitar el retorno del odiado Nagash, quien había corrompido su amado reino. Settra juró acabar con el maldito nigromante, seguro de que volvería de la muerte y que sus artes mágicas podrían poner en peligro su inmortalidad. Settra se puso la corona del alto y del bajo Nehekhara, la corona de los reyes; tomó el heka y el neheja (el báculo curvado y el flagelo que le otorgaban la condición de soberano) y se sentó, en silencio, en su trono. Y solo rompió este silencio para conquistar. Así fue como Nehekhara se convirtió en la Tierra de los Muertos, y Settra el Imperecedero volvió a ostentar el máximo poder, en un periodo que llegaría a ser conocido como el Reinado Perpetuo.
Nehekhara: Antes y Después de la Caída
La transformación de Nehekhara es un testimonio de la ambición y la traición. A continuación, una tabla comparativa que resume los cambios más significativos:
| Característica | Nehekhara Dorada (Antes de Nagash) | Tierra de los Muertos (Después de Nagash) |
|---|---|---|
| Estado de sus habitantes | Vivos, prósperos, con una cultura avanzada. | Muertos vivientes, esqueléticos, momificados. |
| Reyes | Monarcas mortales, gobernando con sabiduría y poder militar. | Reyes Funerarios (momificados), con facultades mentales intactas. |
| Río Vitae | Fuente de vida y fertilidad para las cosechas. | Río Mortis, envenenado, negro y pastoso, causa de la desolación. |
| Magia predominante | Magia del Culto Mortuorio (preservación, extensión de vida). | Nigromancia de Nagash, Magia Negra. |
| Objetivo de la inmortalidad | Despertar en un paraíso dorado. | Reinar sobre un reino en ruinas, en cuerpos desecados. |
Preguntas Frecuentes sobre los Reyes Funerarios
¿Quiénes son los Reyes Funerarios de Warhammer?
Los Reyes Funerarios son los antiguos monarcas y nobles de la civilización de Nehekhara, una vez próspera y avanzada. Tras una compleja serie de eventos que culminaron con la traición de Nagash y su Gran Ritual, estos reyes y sus legiones fueron reanimados como muertos vivientes. A diferencia de otros No Muertos sin mente, los Reyes Funerarios, gracias a los poderosos encantamientos de momificación y protección de sus tumbas, conservan sus recuerdos, personalidades y ambiciones de cuando estaban vivos. Gobiernan lo que queda de su imperio desolado, liderando vastos ejércitos esqueléticos.
¿Cómo se originaron los Reyes Funerarios?
Se originaron a partir de la obsesión de los reyes de Nehekhara, especialmente Settra, por la inmortalidad. Fundaron el Culto Mortuorio para encontrar una forma de vivir eternamente. Aunque el Culto logró prolongar sus vidas y perfeccionar la momificación, no lograron la vida eterna. En su lugar, prometieron a los reyes que despertarían en un paraíso tras su muerte. La traición de Nagash, quien lanzó un poderoso hechizo nigromántico sobre toda Nehekhara, fue el catalizador. Este hechizo reanimó a todos los muertos, pero los reyes y nobles, protegidos por sus tumbas y el Culto Mortuorio, despertaron con sus mentes intactas, aunque en cuerpos desecados, para encontrarse en un reino en ruinas.
¿Quién fue Settra el Imperecedero?
Settra el Imperecedero fue el primer y más poderoso Rey Sacerdote de Khemri, la capital de Nehekhara. Fue un tirano ambicioso y un brillante estratega militar que unificó los reinos fragmentados de Nehekhara, llevándolos a una era dorada de expansión y prosperidad. Su obsesión con la inmortalidad lo llevó a fundar el Culto Mortuorio. Tras el Gran Ritual de Nagash y el despertar de los demás reyes, Settra, que había estado protegido en su pirámide, se alzó y sometió a todos los demás Reyes Funerarios, restaurando su dominio sobre Nehekhara. Ahora, reina perpetuamente, buscando restaurar la gloria de su imperio y destruir a Nagash para siempre.
¿Cuál fue el papel de Nagash en la caída de Nehekhara?
Nagash fue el archinigromante responsable directo de la caída de la civilización de Nehekhara y la transformación de sus habitantes en muertos vivientes. Siendo originalmente un sacerdote del Culto Mortuorio y hermano del rey de Khemri, su ilimitada ambición lo llevó a usurpar el trono, aprender magia negra de Elfos Oscuros y combinarla con los conocimientos del Culto para crear la nigromancia. Sus experimentos culminaron en la creación de los Libros de Nagash y el Elixir de la Vida (que dio origen a los Vampiros). Finalmente, lanzó el Gran Ritual, un hechizo catastrófico que aniquiló toda la vida en Nehekhara, convirtiéndola en la Tierra de los Muertos y reanimando a sus habitantes como sus esclavos No Muertos. Aunque fue derrotado y aparentemente muerto, su legado de destrucción y no-vida perdura.
¿Qué es el Culto Mortuorio?
El Culto Mortuorio fue una orden de sacerdotes y estudiosos fundada por el Rey Settra con el objetivo primordial de descubrir los secretos de la inmortalidad y prolongar la vida de los reyes de Nehekhara. A lo largo de siglos, los sacerdotes del Culto desarrollaron avanzadas técnicas de momificación, prolongaron sus propias vidas y adquirieron vastos conocimientos arcanos, incluso aprendiendo a canalizar los Vientos de la Magia. Aunque no lograron la verdadera inmortalidad en vida, sus rituales de preservación y sus promesas de un despertar en un paraíso motivaron a los reyes a ser momificados. Fueron los Sacerdotes Funerarios, los herederos de este Culto, quienes sobrevivieron al Gran Ritual de Nagash y, al final, fueron clave para el despertar de Settra, aunque este los relegó por haberle “mentido” con la promesa de un paraíso que no existió.
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